Hola, definitivamente hay muchas personas por ahí capaces de inspirar a otros con sus historias y eso quiero compartir con ustedes, hoy damos inicio a esta sección del blog con la historia de mi gran amigo (mi hermano del alma) Cesar Rubicondo, espero los cautive tanto como a mi.
Cesar, estoy orgullosa de ti, sabes que te quiero con todo mi corazón. Gracias por siempre apoyarme y motivarme a alcanzar mis metas.
Los dejo con Cesar quien nos cuenta su historia de cambio.
Mi nombre, César Rubicondo. Edad, 35 años. Peso
actual, 80kg. Altura, 178cm. Antecedentes clínico, Obesidad mórbida.
Desde mi adolescencia fui un chico con sobrepeso.
Nada de lo que me gustaba me quedaba, y lo que me quedaba era lo que menos me
gustaba. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo, sencillamente, lo dejaba
pasar. Llegue al límite de ser un chico de 14 años de edad que recurría a una
costurera para que confeccionara mi ropa. Fui el centro de muchas burlas y
responsable de transmitir lástima a otros. Temía verme al espejo, y observar lo
que los demás observaban. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo,
sencillamente, lo dejaba pasar. Me refugié en los estudios, pues ya que no
podía tener el cuerpo del chico sensación de la clase, sería el mejor promedio.
Y así fue siempre, para no aceptar la realidad de
mi estado físico, buscaba algo en que esconderme. Nunca ataque el problema: Mi
mal hábito de comer. Podía comer hasta un 500g de pasta, 1,5lts de gaseosa o
hasta un paquete de sándwich yo sólo. Para ser sincero, no comía en platos ni
bebía en vasos, usaba envases de plásticos grandes tipo ensaladera para servir
mis comidas.
¿Nunca pensé en hacer una dieta? Sí. En varias
ocasiones asistí a consultas con nutricionistas, hasta con una doctora
homeópata. Pero los resultados fueron nulos. No había manera de cambiar mi
hábito de comer. O, no quería cambiar.
Cuando ingresé a la universidad, me mude de ciudad
y fue cuando tome cartas en el asunto. Todo comenzó cuando se me agotó el
aceite vegetal para freir. Siempre recordaba que tenía que comprarlo, cuando
llegue a la residencia, y gracias a la pereza de salir al abasto, fue cuando
dejé de comer frituras. Al cabo de unas semanas, comencé a notar que no me
agotaba tanto físicamente al caminar. Entonces, decidí poner en práctica todas
aquellas asesorías de nutricionistas. Así inició mi primer cambio.
De no tener talla, llegué a 32 de pantalón, “S” de
camisa y chemise. Este proceso duró casi un año. Eliminé de mi lista de
opciones, el aceite vegetal, las grasas, disminuí el consumo de la sal y
aumenté mi preferencia por los vegetales y pescado. Procuré no mezclar
carbohidratos e ideé una dieta a base de granos, legumbres y pescado. Las
arepas eran mi único plato de los domingos junto a ensaladas. Las preparaba con
mezcla de afrecho grueso, zanahoria rallada y a veces con avena en hojuelas. Mi
única actividad física, fue caminar. Pues el clima de la ciudad se prestaba
para eso. Para donde fuera, trataba de caminar lo que más podía.
La sensación fue algo increíble. Poder ir a las
tiendas y elegir lo que me gustaba. Darme el placer de “no me gusta, probaré
otro”, fue una emoción muy grande. Las miradas ya no eran de burla, ya no me
sentía señalado.
Al año siguiente de haberme graduado, retorné a mi ciudad
natal. Encontré un trabajo, y al pasar unos meses, me percaté que estaba en
talla 38 de pantalón. Pero, ¡me veía bien!, así que no presté atención, y al
pasar otros meses, ya estaba de nuevo comiendo en aquellos envases plásticos, y
las mismas cantidades exageradas de comida. De esta manera, pasé de tener 75kg
a 140kg.
Los viejos complejos regresaron, pero esta vez
había una gran diferencia: Si me veía al espejo, y al verme me odiaba, me
aborrecía. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo, sencillamente, lo
dejaba pasar. Tras cada llanto en silencio, de decirme a mí mismo “das asco”, continuaba
con los kilos y kilos de comida. Retomé a la ropa confeccionada por no
conseguir en tiendas. Ya no pesaba 140kg, ya estaba muy próximo a los 200kg.
Cansado del clásico “sube y baja”, de regresar a
consultas médicas, un día, tomé una firme decisión: Practicarme una
intervención para adelgazar. Estaba de moda, el By Pass Gástrico, y fue cuando
comencé a buscar información al respecto. Para entonces, no me sentía con la
suficiente fuerza de voluntad para volver con los hábitos de comer sano, ni me
sentía motivado para eso. Me negué a la posibilidad de asistir con más
nutricionistas pues ya estaba predispuesto a que los resultaos serían los
mismos del pasado. Quería una solución
rápida y que me evitará volver a engordar, así que planifiqué mi intervención
quirúrgica.
El primer mes de la operación no fue tan fuerte
como los siguientes. No me refiero a los dolores postoperatorios, sino más bien
al choque psicológico. Al cabo de los dos meses de operado, el cirujano me
refirió a un nutricionista para iniciar con una dieta sana y de alimentos
sólidos. Ambos coincidían en el hecho de que ahora tengo un nuevo estómago, y
estar consciente que debo aprender a comer poco a poco. Palabras fáciles, pero acciones difíciles. Y
allí mi encrucijada.
Escribo encrucijada porque mi mente quería comer aquellos
500gr de pasta pero mi estómago sólo podía con no más de tres bocados. Me
negaba a dejar comida en el plato, así que me forzaba a terminarlo. El
resultado, pues, vómitos constantes y malestares generales. Odio vomitar, pero
me gusta comer.
Fueron tres meses de lucha entre médicos y conmigo
mismo. La nutricionista me advirtió los
efectos secundarios de la operación, tal como por ejemplo no poder ingerir
alimentos que antes si lo hacía. Y, efectivamente fue así. No había manera de
tolerar los embutidos, el cochino y la pasta larga. Pero aun así, me exigía
ingerirlos. El cirujano me regañaba diciendo que cada vez que vomitaba, esa
contracción del estómago, podía causar daño al punto de abrir los puntos, y
causarme la muerte.
Según consulté al respecto, por lo general, “penalizan”,
el 60%, o dependiendo del paciente, hasta un 70% del estómago. En mi caso, me
“cortaron” el 75%. Dicho por el cirujano, el tamaño de mi estómago era tan
grande que no podía manipularlo con una sola mano. Increíble, ¿cierto?. Pero,
todo eso que decía, no lo comprendí al momento. Sólo quería comer.
Esos meses, fueron una locura. Perdía peso, y me
sentía bien física y anímicamente, me observaba en el espejo y veía el
progreso, que en definitiva era lo que quería. Pero, me forzaba a comer
cantidades que mi estómago no podía y peor aún comidas que no toleraba. Llegué
a pensar que la solución estaba en comer lo que quisiera y luego vomitar, así
quedaría satisfecho, a la vez de no engordar.
¿Pensé acudir a un psicólogo? Nunca pensé ir a una
consulta. Pues, sencillamente, no lo necesitaba, y la solución era “comer y
vomitar”. Fue una etapa masoquista.
Durante ese tiempo perdí en promedio 15kg mensual.
Los resultados de exámenes clínicos eran excelentes, me sentía bien
anímicamente, ya que comenzaba a ver resultados en mi apariencia física. Por lo
que, mi estrategia estaba funcionando. Hasta que un día, vomité sangre. Me
asusté muchísimo, y recordé lo que me había dicho el cirujano.
Desde entonces decidí a dejar de inducirme el
vómito, pero ya era muy tarde, mi cuerpo se “acostumbró” a ello, y era algo
prácticamente innato. Luego de tres o cuatro bocados, me daban nauseas. No
quería vomitar, pero ya no podía detenerlo. Y aquí comenzó otra etapa en la que
me daba “asco” la comida. Fueron tantas veces las que vomité, que el simple
olor de aquellas comidas, me daban nauseas. Todo aquello que comía por gula, y
que vomitaba, ya no lo podía ni ver. Comencé a perder mucho más peso de lo
normal. Pasé de ser un paciente de obesidad mórbida a un anoréxico. Pero no me
preocupaba porque me veía bien al espejo.
¿No comía? Claro que comía, pero sólo aquello que
se considerara “light”. ¿Continúe con la nutricionista? Claro. Me daba recetas
y listas de combinaciones para idear menús, pero de esa lista yo sólo escogía
lo que “creía” me ayudaría adelgazar. ¿Fui a un psicólogo? La verdad, nunca
fui.
Para el séptimo mes de la operación, estaba pesando
alrededor de los 70kg. Me sentía bien, pero físicamente me estaba desgastando y
no me percataba de eso.
Una de las consecuencias de este tipo de intervención
quirúrgica, es la de ser esclavo de vitaminas y nutrientes, ya que el “nuevo
estómago” no absorbe el 100% de los nutrientes de los alimentos que se ingiere.
El cirujano me indicó “de por vida” multivitamínicos y complejo B12. Me enfoqué
tanto en mi apariencia, a ser delgado nuevamente, verme mejor que antes, que descuidé
por completo esa primordial indicación. Aunado a los trastornos alimenticios
que me inducía, jamás durante estos meses, me apliqué vitaminas ni complejo
B12.
Para el octavo mes, estaba en cama, postrado por
consecuencia de un “micoplasma severo”. Mis defensas estaban por el suelo, no
tenía fuerzas. Estuve hospitalizado por deshidratación, pálido, mareos, no
podía caminar. Y peor aún, mis padres estaban fuera del país. Estuve un mes y
medio solo. El tratamiento para la bacteria me hacía mal en el estómago, aun
tomando protector gástrico. Me observaba en el espejo, veía un cadáver
ambulante. Perdí muchísimo peso, se me notaban los huesos. Fue entonces, cuando
comprendí que el problema no era la obesidad, el bypass, los demás, sino “yo”.
Al recuperarme, decidí tomar en serio mi situación,
y fue desde entonces que comencé una rutina de caminata y trote en las mañanas
junto a un plan de alimentación balanceado. Inicié actividades de power yoga en
las noches, las cuales me han ayudado mucho, en el sentido de controlar
ansiedades, tomar las cosas con más calma, y a comprender el día a día de una
manera totalmente diferente.
Hoy, soy corredor de 10K, y he tenido la grata
experiencia de asistir a carreras regionales y nacionales. Ahora entreno para
media maratón. Y me he incursionado en el ciclismo urbano. La respiración,
autocontrol, y la “visión de vida”, lo absorbo de cada mantra durante mis
prácticas de yoga. Decidí hace un año y algunos meses, dar un cambio a mi plan
de alimentación enfocado hacia un estilo más sano y natural, probé y me gustó
ser vegetariano. Ahora, comprendo todo aquello que me rehusaba comprender.
Puedo decir, que he alcanzado cierto nivel de
madurez al respecto. Ahora, si puedo afirmar con orgullo que me siento excelente
física y anímicamente. Gracias a que, aprendí
a comer, aprendí lo que es asumir un estilo de vida saludable, donde lo
fundamental, no es adelgazar para gustar a los demás, sino sentirse bien
consigo mismo, y ese es mi objetivo: Ser feliz conmigo mismo.






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