domingo, 17 de abril de 2016

MI NUEVO YO. UNA ANÉCDOTA DE CESAR RUBICONDO

Hola, definitivamente hay muchas personas por ahí capaces de inspirar a otros con sus historias y eso quiero compartir con ustedes, hoy damos inicio a esta sección del blog con la historia de mi gran amigo (mi hermano del alma) Cesar Rubicondo, espero los cautive tanto como a mi.
Cesar, estoy orgullosa de ti, sabes que te quiero con todo mi corazón. Gracias por siempre apoyarme y motivarme a alcanzar mis metas. 
Los dejo con Cesar quien nos cuenta su historia de cambio.



Mi nombre, César Rubicondo. Edad, 35 años. Peso actual, 80kg. Altura, 178cm. Antecedentes clínico, Obesidad mórbida.

Desde mi adolescencia fui un chico con sobrepeso. Nada de lo que me gustaba me quedaba, y lo que me quedaba era lo que menos me gustaba. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo, sencillamente, lo dejaba pasar. Llegue al límite de ser un chico de 14 años de edad que recurría a una costurera para que confeccionara mi ropa. Fui el centro de muchas burlas y responsable de transmitir lástima a otros. Temía verme al espejo, y observar lo que los demás observaban. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo, sencillamente, lo dejaba pasar. Me refugié en los estudios, pues ya que no podía tener el cuerpo del chico sensación de la clase, sería el mejor promedio.


Y así fue siempre, para no aceptar la realidad de mi estado físico, buscaba algo en que esconderme. Nunca ataque el problema: Mi mal hábito de comer. Podía comer hasta un 500g de pasta, 1,5lts de gaseosa o hasta un paquete de sándwich yo sólo. Para ser sincero, no comía en platos ni bebía en vasos, usaba envases de plásticos grandes tipo ensaladera para servir mis comidas.
¿Nunca pensé en hacer una dieta? Sí. En varias ocasiones asistí a consultas con nutricionistas, hasta con una doctora homeópata. Pero los resultados fueron nulos. No había manera de cambiar mi hábito de comer. O, no quería cambiar.
Cuando ingresé a la universidad, me mude de ciudad y fue cuando tome cartas en el asunto. Todo comenzó cuando se me agotó el aceite vegetal para freir. Siempre recordaba que tenía que comprarlo, cuando llegue a la residencia, y gracias a la pereza de salir al abasto, fue cuando dejé de comer frituras. Al cabo de unas semanas, comencé a notar que no me agotaba tanto físicamente al caminar. Entonces, decidí poner en práctica todas aquellas asesorías de nutricionistas. Así inició mi primer cambio.
De no tener talla, llegué a 32 de pantalón, “S” de camisa y chemise. Este proceso duró casi un año. Eliminé de mi lista de opciones, el aceite vegetal, las grasas, disminuí el consumo de la sal y aumenté mi preferencia por los vegetales y pescado. Procuré no mezclar carbohidratos e ideé una dieta a base de granos, legumbres y pescado. Las arepas eran mi único plato de los domingos junto a ensaladas. Las preparaba con mezcla de afrecho grueso, zanahoria rallada y a veces con avena en hojuelas. Mi única actividad física, fue caminar. Pues el clima de la ciudad se prestaba para eso. Para donde fuera, trataba de caminar lo que más podía.
La sensación fue algo increíble. Poder ir a las tiendas y elegir lo que me gustaba. Darme el placer de “no me gusta, probaré otro”, fue una emoción muy grande. Las miradas ya no eran de burla, ya no me sentía señalado.


Al año siguiente de haberme graduado, retorné a mi ciudad natal. Encontré un trabajo, y al pasar unos meses, me percaté que estaba en talla 38 de pantalón. Pero, ¡me veía bien!, así que no presté atención, y al pasar otros meses, ya estaba de nuevo comiendo en aquellos envases plásticos, y las mismas cantidades exageradas de comida. De esta manera, pasé de tener 75kg a 140kg.
Los viejos complejos regresaron, pero esta vez había una gran diferencia: Si me veía al espejo, y al verme me odiaba, me aborrecía. Y, sin embargo, no hacía nada para cambiarlo, sencillamente, lo dejaba pasar. Tras cada llanto en silencio, de decirme a mí mismo “das asco”, continuaba con los kilos y kilos de comida. Retomé a la ropa confeccionada por no conseguir en tiendas. Ya no pesaba 140kg, ya estaba muy próximo a los 200kg.


Cansado del clásico “sube y baja”, de regresar a consultas médicas, un día, tomé una firme decisión: Practicarme una intervención para adelgazar. Estaba de moda, el By Pass Gástrico, y fue cuando comencé a buscar información al respecto. Para entonces, no me sentía con la suficiente fuerza de voluntad para volver con los hábitos de comer sano, ni me sentía motivado para eso. Me negué a la posibilidad de asistir con más nutricionistas pues ya estaba predispuesto a que los resultaos serían los mismos del pasado.  Quería una solución rápida y que me evitará volver a engordar, así que planifiqué mi intervención quirúrgica.
El primer mes de la operación no fue tan fuerte como los siguientes. No me refiero a los dolores postoperatorios, sino más bien al choque psicológico. Al cabo de los dos meses de operado, el cirujano me refirió a un nutricionista para iniciar con una dieta sana y de alimentos sólidos. Ambos coincidían en el hecho de que ahora tengo un nuevo estómago, y estar consciente que debo aprender a comer poco a poco. Palabras fáciles, pero acciones difíciles. Y allí mi encrucijada.
Escribo encrucijada porque mi mente quería comer aquellos 500gr de pasta pero mi estómago sólo podía con no más de tres bocados. Me negaba a dejar comida en el plato, así que me forzaba a terminarlo. El resultado, pues, vómitos constantes y malestares generales. Odio vomitar, pero me gusta comer.
Fueron tres meses de lucha entre médicos y conmigo mismo. La nutricionista me  advirtió los efectos secundarios de la operación, tal como por ejemplo no poder ingerir alimentos que antes si lo hacía. Y, efectivamente fue así. No había manera de tolerar los embutidos, el cochino y la pasta larga. Pero aun así, me exigía ingerirlos. El cirujano me regañaba diciendo que cada vez que vomitaba, esa contracción del estómago, podía causar daño al punto de abrir los puntos, y causarme la muerte.
Según consulté al respecto, por lo general, “penalizan”, el 60%, o dependiendo del paciente, hasta un 70% del estómago. En mi caso, me “cortaron” el 75%. Dicho por el cirujano, el tamaño de mi estómago era tan grande que no podía manipularlo con una sola mano. Increíble, ¿cierto?. Pero, todo eso que decía, no lo comprendí al momento. Sólo quería comer.
Esos meses, fueron una locura. Perdía peso, y me sentía bien física y anímicamente, me observaba en el espejo y veía el progreso, que en definitiva era lo que quería. Pero, me forzaba a comer cantidades que mi estómago no podía y peor aún comidas que no toleraba. Llegué a pensar que la solución estaba en comer lo que quisiera y luego vomitar, así quedaría satisfecho, a la vez de no engordar.

¿Pensé acudir a un psicólogo? Nunca pensé ir a una consulta. Pues, sencillamente, no lo necesitaba, y la solución era “comer y vomitar”. Fue una etapa masoquista.
Durante ese tiempo perdí en promedio 15kg mensual. Los resultados de exámenes clínicos eran excelentes, me sentía bien anímicamente, ya que comenzaba a ver resultados en mi apariencia física. Por lo que, mi estrategia estaba funcionando. Hasta que un día, vomité sangre. Me asusté muchísimo, y recordé lo que me había dicho el cirujano.
Desde entonces decidí a dejar de inducirme el vómito, pero ya era muy tarde, mi cuerpo se “acostumbró” a ello, y era algo prácticamente innato. Luego de tres o cuatro bocados, me daban nauseas. No quería vomitar, pero ya no podía detenerlo. Y aquí comenzó otra etapa en la que me daba “asco” la comida. Fueron tantas veces las que vomité, que el simple olor de aquellas comidas, me daban nauseas. Todo aquello que comía por gula, y que vomitaba, ya no lo podía ni ver. Comencé a perder mucho más peso de lo normal. Pasé de ser un paciente de obesidad mórbida a un anoréxico. Pero no me preocupaba porque me veía bien al espejo.
¿No comía? Claro que comía, pero sólo aquello que se considerara “light”. ¿Continúe con la nutricionista? Claro. Me daba recetas y listas de combinaciones para idear menús, pero de esa lista yo sólo escogía lo que “creía” me ayudaría adelgazar. ¿Fui a un psicólogo? La verdad, nunca fui.
Para el séptimo mes de la operación, estaba pesando alrededor de los 70kg. Me sentía bien, pero físicamente me estaba desgastando y no me percataba de eso.
Una de las consecuencias de este tipo de intervención quirúrgica, es la de ser esclavo de vitaminas y nutrientes, ya que el “nuevo estómago” no absorbe el 100% de los nutrientes de los alimentos que se ingiere. El cirujano me indicó “de por vida” multivitamínicos y complejo B12. Me enfoqué tanto en mi apariencia, a ser delgado nuevamente, verme mejor que antes, que descuidé por completo esa primordial indicación. Aunado a los trastornos alimenticios que me inducía, jamás durante estos meses, me apliqué vitaminas ni complejo B12. 
Para el octavo mes, estaba en cama, postrado por consecuencia de un “micoplasma severo”. Mis defensas estaban por el suelo, no tenía fuerzas. Estuve hospitalizado por deshidratación, pálido, mareos, no podía caminar. Y peor aún, mis padres estaban fuera del país. Estuve un mes y medio solo. El tratamiento para la bacteria me hacía mal en el estómago, aun tomando protector gástrico. Me observaba en el espejo, veía un cadáver ambulante. Perdí muchísimo peso, se me notaban los huesos. Fue entonces, cuando comprendí que el problema no era la obesidad, el bypass, los demás, sino  “yo”.
Al recuperarme, decidí tomar en serio mi situación, y fue desde entonces que comencé una rutina de caminata y trote en las mañanas junto a un plan de alimentación balanceado. Inicié actividades de power yoga en las noches, las cuales me han ayudado mucho, en el sentido de controlar ansiedades, tomar las cosas con más calma, y a comprender el día a día de una manera totalmente diferente.

Hoy, soy corredor de 10K, y he tenido la grata experiencia de asistir a carreras regionales y nacionales. Ahora entreno para media maratón. Y me he incursionado en el ciclismo urbano. La respiración, autocontrol, y la “visión de vida”, lo absorbo de cada mantra durante mis prácticas de yoga. Decidí hace un año y algunos meses, dar un cambio a mi plan de alimentación enfocado hacia un estilo más sano y natural, probé y me gustó ser vegetariano. Ahora, comprendo todo aquello que me rehusaba comprender.
Puedo decir, que he alcanzado cierto nivel de madurez al respecto. Ahora, si puedo afirmar con orgullo que me siento excelente física y anímicamente. Gracias a que, aprendí  a comer, aprendí lo que es asumir un estilo de vida saludable, donde lo fundamental, no es adelgazar para gustar a los demás, sino sentirse bien consigo mismo, y ese es mi objetivo: Ser feliz conmigo mismo.





   
  

    

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